Por Ing. Agr. José Manuel Mesa Cacheiro
Mirar los 400 años de historia de la ganadería uruguaya permite descubrir algo interesante: los grandes cambios no ocurrieron solamente porque apareciera una nueva tecnología, sino por todo lo que esa tecnología permitió hacer después.
Recorriendo esa historia, tan bien documentada por Aníbal Barrios Pintos, en su libro La Historia de la Ganadería Uruguaya, el alambrado aparece como uno de esos grandes puntos de inflexión. No cambió la ganadería por el alambre en sí mismo.
La cambió por todo lo que permitió después: ordenar los rodeos, manejar mejor el campo, separar categorías, seleccionar animales y administrar de otra manera los recursos. Fue una infraestructura física que abrió la puerta a mejores decisiones.
Mucho tiempo después, Uruguay construyó otra infraestructura, bastante menos visible pero posiblemente tan trascendente: la trazabilidad individual.
Hace veinte años el país tomó la decisión de identificar sus animales y registrar sus movimientos. Hoy parece natural. Pero las grandes transformaciones suelen tener esa característica: después de incorporadas, cuesta imaginar cómo hacíamos antes.
La trazabilidad permitió demostrar origen, reconstruir movimientos, responder frente a problemas sanitarios y, fundamentalmente, generar confianza. Para un país que exporta buena parte de lo que produce, esa confianza tiene un enorme valor.
Pero quizás haya llegado el momento de hacernos una pregunta diferente. No solamente cuánto nos ha dado la trazabilidad en estos veinte años, sino cuánto más podemos hacer con ella en los próximos veinte.
A veces pienso que ocurre algo parecido con el celular que llevamos en el bolsillo. Es una herramienta extraordinaria de la que muchos utilizamos apenas una parte de sus posibilidades. Con la trazabilidad puede sucedernos algo similar: construimos una formidable plataforma de información y probablemente todavía no estemos aprovechando todo su potencial.
Durante buena parte de nuestra historia pensamos la infraestructura ganadera en aquello que podíamos ver y tocar: alambrados, mangas, aguadas, caminos, plantas frigoríficas. Todo eso continúa siendo imprescindible. Pero hoy existe además otra infraestructura, silenciosa e invisible: los datos.
Uruguay dispone de información que pocos países ganaderos lograron construir con este nivel de cobertura. El desafío ya no debería ser solamente almacenarla o utilizarla para reconstruir lo ocurrido. El verdadero salto estará en transformar esa información en conocimiento y ese conocimiento en decisiones.
Durante estos primeros veinte años la trazabilidad nos permitió construir un excelente retrovisor: mirar hacia atrás y saber de dónde vino un animal, dónde estuvo y por dónde pasó.
Los próximos veinte deberían ayudarnos a construir también un mejor parabrisas.
Utilizar la información para anticiparnos. En sanidad, inocuidad, frente al riesgo de residuos, en los movimientos de animales, en producción, gestión y también en nuestra relación con los mercados. No solamente saber qué ocurrió cuando aparece un problema, sino utilizar la información disponible para disminuir la posibilidad de que ese problema ocurra.
Ese cambio parece pequeño, pero conceptualmente es enorme: pasar de registrar a prevenir, de acumular datos a generar conocimiento y de generar conocimiento a tomar mejores decisiones.
Y todavía podemos ir un paso más allá. Uruguay no debería aspirar solamente a exportar más carne, sino también a exportar inteligencia junto con ella: información, garantías, conocimiento y confianza incorporados a cada producto. Para un país pequeño, que difícilmente pueda competir por volumen, esa inteligencia puede convertirse en una parte cada vez más importante de nuestro diferencial.
La historia de nuestra ganadería muestra que las grandes herramientas adquieren verdadero valor cuando dejan de ser un fin y comienzan a habilitar otras cosas.
El alambrado ordenó el territorio y los animales. La trazabilidad comenzó a ordenar la información. Ahora el desafío es transformar esa información en inteligencia y esa inteligencia en valor.
Por eso, al cumplirse veinte años de aquella decisión, quizás la mejor manera de reconocer lo construido no sea solamente mirar hacia atrás, sino animarnos a preguntar:
¿Será la información el nuevo alambrado de la ganadería uruguaya?
Probablemente dentro de otros veinte años descubramos que el mayor valor de la trazabilidad no estuvo solamente en saber dónde estuvo cada animal, sino en todo lo que Uruguay fue capaz de hacer con esa información.